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Una de las mejores formas de prevenir un incendio es la instalación en el hogar de detectores de humo.

Aparecieron en el mercado en la década de los setenta en Estados Unidos y tardaron algunos años en implantarse en España.
Utilizados correctamente se reduce a la mitad el riesgo de quedar atrapado en el fuego.
La ley en nuestro país regula la colocación de artefactos para la prevención de incendios en edificios públicos, hospitales o colegios, pero no en domicilios particulares. Su instalación depende sólo de tu criterio y del riesgo que estimes que hay en tu hogar de cara a sufrir un incendio.
Los detectores de humo, son sin duda alguna, una eficaz herramienta en la prevención de incendios. Sin embargo, antes de colocarlos en la vivienda, conviene conocer sus características así como la forma de utilizarlos correctamente.
Tipos de detectores
En el mercado existen varios tipos de detectores de humo, pero los más usuales son los de ionización y los fotoeléctricos. La diferencia estriba en que los primeros, además de ser más económicos, se activan más rápidamente con llamas abiertas, es decir, llamas ya presentes en el domicilio como los fogones o una chimenea. Los detectores fotoeléctricos reaccionan ante las llamas ardientes, no activándose de manera aleatoria ante otros fuegos controlados que haya en el hogar, como los que se suelen utilizar en las cocinas.
El mantenimiento de estos artefactos es bastante sencillo. Existen detectores de humo con carga de batería, que suele durar un año aproximadamente y que te avisarán con un leve zumbido cuando ésta se esté agotando. Otro modelo es el que está conectado a la luz eléctrica, de modo que no necesita cambio de batería, pero si es necesario que cada cierto tiempo revisemos que la instalación es la correcta.
Su limpieza no es aparatosa: has de evitar que se llene de polvo o que algún insecto se introduzca en el mecanismo. En ese caso, ábrelo y límpialo con cuidado. Después de cada limpieza es necesario comprobar si su funcionamiento es el correcto. Dependiendo de la sensibilidad del aparato -especificado en las instrucciones del fabricante- acercando humo al aparato, comprobarás si está en correcto estado.
Colocación de los detectores
Una vez que hayas decidido instalar detectores de humo en tu hogar, debes evaluar cuáles son las habitaciones de tu vivienda susceptibles de sufrir un incendio.
Por ejemplo, un dormitorio no suele implicar muchos problemas en ese sentido, por lo que bastaría colocar un detector de humos en el pasillo que comunica las habitaciones. Sin embargo el riesgo aumenta si eres fumador o si hay una televisión o algún aparato que pueda provocar un cortocircuito, siendo recomendable en estos casos que coloques un detector en el dormitorio.
Los sitios donde no se aconseja la colocación de uno de estos aparatos son las cocinas -los humos de las comidas pueden hacer saltar la alarma sin sentido-, el baño -el calor de la ducha o la humedad pueden afectar negativamente al funcionamiento del detector- y buhardillas pequeñas, poco ventiladas y donde se alcancen temperaturas extremas.
No obstante, es aconsejable que protejas la cocina de posibles incendios, por lo que si sitúas un detector en la habitación más cercana, detectará los humos de un incendio y no los que se producen al cocinar.
La instalación más usual es en el techo, a unos 30 centímetros de cualquier lámpara u objeto decorativo que tengas colgado. Asimismo, tiene que estar lo más centrado posible, ya que cuando se produce un incendio el aire que se concentra en las esquinas es muerto, es decir, no se mueve y es en el centro y hacia el techo donde se extienden los humos.
Si no se pueden colocar en el techo, instálalo en las paredes con la precaución de alejarte unos 30 ó 40 centímetros de las esquinas y no situarlo por debajo de 30 centímetros del techo.
Por último, debes asegurarte de que oirás la alarma cuando estés durmiendo. Haz una prueba con las puertas cerradas y regula el volumen del detector a tus propias necesidades.
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